Repositorios desde los confines: cómo la digitalización descentralizada está rehaciendo el mapa del saber académico boliviano
Durante la mayor parte del siglo XX, investigar el pensamiento boliviano desde una ciudad de provincia significaba enfrentarse a una doble barrera: la distancia geográfica respecto de los archivos centrales y la dependencia de intermediarios —bibliotecarios, académicos capitalinos, editores— que controlaban el acceso a las colecciones más relevantes. Un historiador de Tarija que quisiera consultar fondos documentales de la Universidad Mayor de San Andrés debía viajar a La Paz. Un investigador de Trinidad que buscara acceder a publicaciones académicas internacionales dependía de suscripciones institucionales que pocas universidades regionales podían costear.
Este mapa del acceso al conocimiento no era neutral. Reproducía y reforzaba las jerarquías geográficas e institucionales que han estructurado la producción intelectual boliviana desde la época colonial: el eje La Paz-Cochabamba-Santa Cruz como centros del saber, y el resto del país como periferia receptora.
La expansión de las plataformas digitales y los repositorios en línea está comenzando a alterar, de manera todavía incipiente pero significativa, esa geografía del conocimiento.
El cambio de escala que lo hace posible
Hace veinte años, digitalizar una colección documental requería inversiones tecnológicas que estaban al alcance de muy pocas instituciones bolivianas. Los equipos de escaneo de alta resolución, los servidores con capacidad suficiente para alojar archivos de gran tamaño y el personal técnico especializado eran recursos concentrados en las universidades más grandes y en algunos organismos estatales.
Esa ecuación ha cambiado de manera sustancial. El costo del almacenamiento digital ha descendido de forma dramática. Las herramientas de catalogación y gestión de repositorios de código abierto —como DSpace, Omeka o Tropy— están disponibles de manera gratuita y cuentan con comunidades de usuarios activos en toda América Latina. Los teléfonos inteligentes con cámaras de alta resolución permiten realizar digitalizaciones de calidad aceptable sin equipos especializados. Y las plataformas de alojamiento en la nube han eliminado la necesidad de infraestructura física propia.
Esto no significa que las barreras hayan desaparecido. La conectividad a internet sigue siendo irregular en muchas zonas rurales y periurbanas de Bolivia. La capacitación para gestionar repositorios digitales continúa siendo un recurso escaso fuera de los centros urbanos principales. Pero el umbral de entrada ha bajado lo suficiente como para que iniciativas antes impensables se estén materializando.
Iniciativas que están cambiando el acceso
Entre los proyectos más relevantes que han emergido en los últimos años, merece destacarse el trabajo de algunas bibliotecas universitarias regionales que han comenzado a construir repositorios propios de acceso abierto. La Universidad Autónoma Juan Misael Saracho, en Tarija, ha avanzado en la digitalización de su fondo histórico de publicaciones locales, incluyendo periódicos, memorias institucionales y tesis de décadas pasadas que nunca habían circulado más allá del ámbito local.
En el Beni, colectivos de investigadores independientes han comenzado a armar archivos digitales de documentación sobre los pueblos amazónicos, articulando materiales dispersos en diferentes colecciones y haciéndolos accesibles a través de plataformas de acceso libre. Estos proyectos tienen una dimensión política explícita: se trata de recuperar narrativas sobre las regiones amazónicas que durante mucho tiempo fueron producidas por investigadores externos —misioneros, etnógrafos europeos, funcionarios estatales— y devolverlas a las comunidades y a los investigadores locales.
En Potosí, el trabajo de digitalización de documentos coloniales vinculados a la historia minera ha permitido que historiadores locales accedan a fuentes primarias que antes requerían viajes a archivos en Sucre, La Paz o incluso en España.
El problema de la sostenibilidad
Uno de los desafíos más serios que enfrentan estas iniciativas es el de la sostenibilidad a largo plazo. Muchos de los proyectos descritos dependen de la voluntad y el esfuerzo de grupos pequeños de personas comprometidas, sin financiamiento institucional estable. Cuando esas personas cambian de trabajo, emigran o simplemente se agotan, los repositorios quedan huérfanos.
Este no es un problema exclusivo de Bolivia. Es una constante en los proyectos de humanidades digitales en toda América Latina. Pero en el contexto boliviano adquiere una dimensión particular, dado que las instituciones académicas tienen capacidades limitadas para absorber y sostener estas iniciativas.
La experiencia internacional sugiere que los modelos más duraderos son aquellos que logran articular tres elementos: un anclaje institucional que garantice continuidad más allá de las personas, una comunidad de usuarios activa que tenga interés en mantener y enriquecer el repositorio, y alguna forma de financiamiento diversificado que no dependa exclusivamente de una fuente.
Democratizar no es solo digitalizar
Hay un riesgo en el entusiasmo por la digitalización que conviene nombrar con claridad: confundir el acceso técnico con la democratización real del conocimiento. Un repositorio digital puede estar disponible en línea y ser, al mismo tiempo, inaccesible para la mayoría de los potenciales usuarios si está organizado en categorías que solo tienen sentido para especialistas, si sus metadatos están en inglés o si requiere conexiones de banda ancha que no existen en las comunidades que más podrían beneficiarse de él.
La democratización del saber académico boliviano requiere, además de la digitalización, un trabajo de mediación: de traducción, de contextualización, de formación de usuarios y de diseño de interfaces que respondan a las necesidades reales de comunidades diversas. Esto es, en definitiva, una tarea intelectual y política, no solo tecnológica.
Desde la Biblioteca Virtual Carlos D. Mesa, este desafío es parte central de nuestra misión. Preservar el pensamiento académico boliviano no puede significar únicamente almacenarlo en servidores: significa hacerlo vivo, circulante y apropiable por quienes tienen derecho a reconocerse en él. Los repositorios digitales descentralizados son una herramienta poderosa para ese propósito. Pero son solo el comienzo de una conversación más larga sobre quién produce el conocimiento en Bolivia, quién lo guarda y quién puede acceder a él.